UN LUGAR PARA REPOSAR UNOS INSTANTES Y DISTRERSE

Tan solo con el ánimo de distraer un poco de tanta vorágine de información, creo este punto de no saturación para el que decida echar un pequeño descanso.

Desde pequeño( ahora ya tengo 27) las historias de las Mil y Una Noches me han fascinado y por ese motivo me e propuesto hacer un pequeño homenaje a mis recuerdos. Si buscáis calidad literaria, ya os digo de antemano, que este no es el lugar. Si os gusta, habrá sorpresas. Y si no, pues menos se perdió en...



LAS AVENTURAS DE ALÍ IB YUSUF



“LA CIUDAD”



- ¡La última duna...por fin! -exclamó contento Bassir, camellero del rico comerciante en especias Hasrrím Me Jiñé, al divisar desde lo alto de ella las cúpulas doradas de Bagdad.


Estas aparecieron desafiantes y orgullosas ante él, como esperando largo tiempo al amante perdido para darle la bienvenida y reconfortarle así el espíritu.


Tras una larga y dura travesía de siete días por el implacable desierto, tenía a su alcance un bien ganado y merecido descanso.


Dos motivos básicos y muy humanos le alentaban a darse prisa en llegar:


El primero, la necesidad de darse un largo y tranquilo baño en uno de los varios edificios termales de la ciudad. La arena incrustada por todo su cuerpo le picaba, como si fuera una multitud de pulgas hambrientas.


- Puñetas, me estoy sollando el ojete de tanto rascármelo. -Se lamentaba.


El segundo, era mas personal, y como diríamos... hormonal. Necesitaba fervientemente las caricias y dulzuras de su hermosa novia Fátima. Asimismo con el dinero logrado en este viaje, se atrevería definitivamente, a
pedirle a su amada el matrimonio.


Un problema añadido al duro viaje se lo proporcionaba constantemente el camello, del cual tiraba. Este se empecinó todo el trayecto en ir a su aire, y ahora que presentía en el ambiente la proximidad de la
ciudad, comenzó a mugir y a babear como un condenado a galeras.


-¡Por Alá calla de una vez! ¡La leche de burra que te dieron al nacer...! -Las venas del cuello se le marcaban a Bassir, mientras se limpiaba el turbante del
pringoso elemento-. ¡Pero deja ya de echarme tus babas, sucia y pestilente equivocación
animal!


Jorobadín, pues así se llamaba el camello, era un excéntrico aparte de un pedorro y un salido de mucho cuidado. En esto último se parecía mucho a su dueño. Tanto el viaje de ida como el de vuelta, hay que
reconocer, lo realizaron los dos con el miembro erecto. Pero claro está,
semejante esplendor, redondez y tamaño del órgano de su camello, no admitía
comparaciones. Así que aquel artefacto dotado de voluntad propia y moviéndose
en todas direcciones preocupaba al joven.


El animal se sentía ultrajado y ofendido, pues semanas atrás fue sacado sin contemplaciones de sus dulces quehaceres de macho reproductor. El calentón lejos de amainar aumentó y ahora sintiéndose cerca de
su hogar ya no podía contener más su excitación.



Las murallas de Bagdad empequeñecieron a Bassir cuando se fue aproximando a ellas. Animado por sus protectoras sombras, comenzó a cantar y acelerar su paso, ante el consiguiente cabreo del baboso ungulado al ser
tironeado por las bridas.


Un mendigo sentado junto a las enormes puertas de los Emires, pedía limosna con su mano derecha extendida. Al ver acercarse al joven, renovó con ímpetu su cantinela:


-¡Que Alá en su infinita sabiduría colme de bendiciones tu hogar! -Con una pose estudiada de mísero, continuó-. ¡Que tu descendencia florezca sana y fuerte! ¡Apiádate de
este pobre hombre, rico señor! -Satisfecho por su interpretación, extendió aún
más el brazo.


Bassir ya entraba ansioso en Bagdad, por ese motivo no le prestó ninguna atención al mendigo. El camello si.


El hombre no daba crédito a sus ojos. Apareció de repente, sin previo aviso, por un rugoso agujero negro y fue seguido por un sonoro cuesco. La enorme y
olorosa plasta, ya le comenzaba a
chorrear por la mano abierta, creando pequeñas estalagmitas entre los dedos; lo
cual no dejaba de tener su encanto artístico.


La cara de tonto dio paso a una expresión de rabia. El mamón de Jorobadín berreaba contento, contoneando el trasero.



-¡Que los escorpiones te piquen en las pelotas, mal hombre! -Resoplando tomó aire y agitando violentamente la mano, intentó lanzar cuanto mas lejos mejor aquella morcillona inmundicia.


-¡Que los gusanos se te metan por el culo hasta que te lleguen al cerebro! -Hizo de nuevo una corta pausa dando a su mano un restregón enérgico en la arena.


-¡Que los escorpiones te piquen en las pelotas, mal...! ¡Mierda, eso ya lo he dicho antes! Ay pobre de mí. Pero cuan desgraciado soy. No tengo dinero ni tampoco palabras para usar.


De esta forma se lamentaba el mendigo.



Los aromas inundaron a Bassir al caminar por aquellas calles repletas de vida

Cada día era un mercado nuevo, donde casi cualquier cosa podía ser hallada. Así que no era de extrañar ver puestos bien surtidos de ricas telas, otros de finísima alfarería ó de exquisita orfebrería. Tiendas pintadas con
chillones colores, esperaban al visitante para que, magos y adivinos por unas
pocas monedas, ofrecieran al desesperado los conocimientos del enigmático
futuro. Y si eso no bastaba, pues nada, ungüentos curalotodo traídos desde
algún raro país.


Los tenderetes de comidas y frituras preparadas al momento eran muy apreciados, ya que tanto se reponían fuerzas, como ofrecían un puesto de observación inmejorable para
comentar o criticar a la fauna circundante.


Corderos y cabras, gallinas y faisanes, todos ellos atados ó en jaulas a la espera de ser comprados. Trigo, verduras, naranjas, dátiles, cocos, café, té y especias, como
las que transportaba Bassir, se encontraban hábilmente expuestos con cestos en
el suelo. Los animados gritos de los vendedores intentaban cautivar de mil
maneras diferentes, las miradas y la atención de la gente.


Vio a niños corretear alegres, alrededor de ancianos de largas y blancas barbas, sentados a la sombra de toldos hechos con cañas. Ah que triste sería la ciudad sin esos pequeñajos bulliciosos.


Maravillosos palacios hermosamente adornados demostraban el poderío de la ciudad. Multitud de fuentes saciaban la sed del viajero, mientras que las casas limpias y frescas se apiñaban unas sobre otras
en un orden ancestral y misterioso, difícil de definir.


De esta manera, con la mirada prendida, Bassir se dirigió hacia los almacenes de su amo Hasrrím Me Jiñé.


-¿Pero de donde narices han salido tantas babas?- Un vendedor contrariado no entendía, como su puesto acababa de convertirse en una piscina para las moscas.


Eso y mucho mas es Bagdad, si señor.



“ABDALÁ II



El palacio real se encontraba en fiestas.


Por todas partes se veían flores y guirnaldas. Ricas alfombras traídas de la lejana Persia decoraban las estancias. Figuras de marfil finamente talladas y traídas desde el reino de Tombuctú, se mezclaban
con otras de cristal provenientes de las ricas tierras Nabateas. Los
estandartes colocados en todas las ventanas, indicaban la procedencia de los invitados
llegados desde todos los rincones del mundo civilizado.


Abdalá II se encontraba gozoso, pues su hija la princesa Amina, cumplía dieciocho años. Esta era su única descendiente, y por lo tanto la niña de sus ojos.


Al día siguiente, y con todo el boato del que tanto le gustaba presumir a Abdalá, la princesa sería nombrada heredera al sultanado de Bagdad y de todos sus territorios.


El salón de festejos, con sus enormes columnas de mármol blanco, se encontraba lleno a rebosar. Los músicos entonaban dulces melodías y las bailarinas danzaban cual florecillas mecidas por el viento. Las miradas
llenas de deseo sobre estas, se encontraban y se desvanecían al igual que los
corrillos de invitados.


Los sirvientes trajinaban dejando sobre largas mesas, multitud de bandejas con todo tipo de comidas, dulces y bebidas, en una vertiginosa carrera de obstáculos puestos en su camino y resuelta con
virtuosismo.



Los acróbatas comenzaron con su espectáculo. Las mujeres, atendiendo a una llamada oculta y con movimientos coordinados, ocuparon las primeras filas empujando a todos los hombres hacía atrás.


Los gritos de entusiasmo de estas, animaron a los contorsionistas a superarse para mantener contento al auditorio.


-¡El morenazo para miii! -Gritaba extasiada una mujer entrada en años y en carnes.


-¿Por todos los profetas, eso que te cuelga es todo tuyo cariño? -Preguntó con muchas ganas de comprobarlo, la compañera de la otra alborotadora.


-¡Esta noche a los maridos los mandamos al jardín con los monos, y que sean esos bellos mancebos los que calienten nuestros lechos! -La voz, surgida desde las profundidades de la pasión, consiguió crear un efecto
dominó y todas al unísono corearon lo mismo.


-¡Con los monos, con los monos! -Y las risas aumentaron ante las caras fastidiadas de los hombres.


De repente un rumor que sonaba impreciso de fondo, dio paso a unos gritos llenos de pánico.



Las puertas del salón se abrieron de par en par, dejando entrar a una atropellada doncella.


-¡Mi señor! ¡Mi señor! -Chillaba fuera de si, mientras un bonito lazo de gasa blanco anudado a su vestido, se le desató grácil mente enredándose entre las piernas. Trastabilló cayendo de rodillas al pulido mármol negro. Su
propia inercia la hizo avanzar mientras giraba sobre si misma.


-¡Mi señooor! -Comenzaba a marearse cuando la tarima real la frenó en seco.


Sobre esta y sentados en primorosos cojines se encontraban, el sultán y su esposa. A su derecha el hombre de confianza de Abdalá, el visir Tocám Melá y la amante de este, sospechosamente alta y peluda,
ocultando ella su rostro con un velo rosado.


A su izquierda se encontraba el regordete y bonachón Alapela, asesor de finanzas del reino, junto con su fea y también bonachona hija casadera.


Detrás de ellos y cerrando el cuadro, un eunuco daba aire con un enorme abanico en forma de palmera.


Se hizo un sepulcral silencio, roto únicamente por el desconsolado llanto de la mujer arrodillada.


-¡Que son esos gritos mujer! -La voz autoritaria y enojada de Abdalá II, grande entre los grandes, azote de los infieles, señor de los desiertos y descendiente del profeta, cayó sobre esta como una losa obligándola
a bajar la vista.



El sultán no solo impresionaba por su poderosa voz, además era muy alto; más alto que ninguno en sus dominios. Era gordo; nadie lo superaba en toda Bagdad. Y era cabezón como no se había visto otro igual. Para
resaltar aún más este hecho, un enorme turbante con un estrepitoso rubí en el
centro, tapaba la ciclópea cabeza.


-¡La princesa mi señor! ¡La princesa Amina ha desaparecido!


-¡Oooh! -Exclamaron los allí presentes.


-¡Que se beesen! -Pidió un invitado borracho.


El sultán con un gesto los hizo callar a todos.


-¡Explícate mujer y deprisa! -Le exigió apuntándola con su rechoncho dedo índice.


Entre sollozos y sorbos de nariz la doncella relató lo siguiente:


“Como de costumbre y a continuación de tenerle preparado el baño con olorosas flores de Azahar, me dirigí a buscarla por entre los jardines, situados junto a su alcoba. La llamé repetidas veces sin hallar
respuesta. En un recodo de setos, encontré su broche tirado en el suelo; era
este uno de los que solía usar la princesa para sujetarse su rubio pelo. Al
mirar hacía un rosal, situado junto al muro de protección vi, como aquel se
encontraba pisoteado. Una vez cerca, me asusté, pues trozos de fina seda azul,
pertenecientes sin ninguna duda al vestido de la princesa Amina, se encontraban
enganchados en las espinas del rosal y en una de las enredaderas que subían por
el muro”


-Mi señor, aquí está su bro...broche. -Y medio balbuceando, abrió la mano para mostrárselo.


-¡Aaag! -Exclamó ahogadamente Abdalá.


-¡Aaag! -Repitió la sultana sobrecogida.


-¡Que se beesen de una veez! -Insistió cansinamente el de antes.


-¿Espero por tu bien, no se trate de una broma urdida entre mi pequeña y tu? ¿Porque si es así...? ¡Tu cabeza rodaraaa!


Ese era su mayor problema. La cabeza.


Un leve movimiento de esta para darse más autoridad, y la montaña se derrumbó. El golpe en el frío mármol conmocionó los cimientos del palacio.


-¡Por Alá! -gritaron corriendo como potrillos de un lugar a otro y llenos de pánico algunos invitados.


-¡No me habeeis dejado ver el beeso! -Repuso pero que muy cabreado el borracho, sujeto a unas cortinas y bamboleándose con ellas.


Necesitaron de cuatro fornidos guardias para levantar al gran Abdalá II, protector de los minusválidos y de los santos lugares.


Se me había olvidado comentar que el eunuco encargado de abanicar al sultán, era un enano. Abdalá sentía verdadera debilidad por ellos y los mandaba pedir desde todos los rincones del mundo.


No se sabrá nunca los motivos que le impulsaron a soltar el abanico he intentar sujetar la cabeza de su amo. ¿Lealtad ó gilipollez? Descanse en paz.


-¡Buscad a la princesa por toda Bagdad! -Ordenó el visir, Tocám Melá, ala vez que intentaba reanimar a su señor-. ¡No dejéis rincón sin mirar, y que nadie entre ni salga de la ciudad! -La peluda amante del visir lo
miraba picaronamente, pues le encantaba cuando se ponía vocinglero.




“LA BÚSQUEDA”




Se desató una frenética búsqueda, convirtiéndose Bagdad en un infierno.


Los tenderetes quedaron volcados al paso de la guardia, las mercancías volaron por los aires quedando esparcidas en las calles.


Mientras tanto el Muftí, ajeno a tanta algarabía, llamaba a la oración de la tarde en lo alto del minarete. Un grupo de soldados entró en la torre gritando como posesos y orgullosos de hacerse notar. Con tanto empujón
y testosterona juntos, alguien pagaría el pato.


-¡Alá es grande! ¡Alá...! ¿Pero que? -El Muftí tan solo tuvo tiempo de comprobar lo ordenado que es el sistema gravitatorio, atrayendo de forma golosa los cuerpos en el vacío.


-¡Mira lo que has hecho mugriento patoso! ¡Vamos, pídele perdón inmediatamente! -Exigía contrariado el jefe de aquel pelotón brabido, a uno de sus hombres.


Este, asomándose tímidamente entre las troneras, gritó hacia abajo-. ¡Lo siento señor, no me lo tome a mal! ¡Señor! –Que bien grita este soldado.


-Así me gusta muchacho, duros pero con cortesía -Satisfecho el guía del pelotón mandó retirada.


-¡Gracias señor!


-¡Hijo! ¡No vuelvas a gritarme en la oreja, si no quieres que te meta el escudo por el culo!


En la calle dos mujeres indignadas discutían por el incidente.


-¡No me lo puedo creer Chochilím! ¡Mira lo que son capaces de hacer estos clérigos! ¡Si no se va a las mezquitas, vienen a por una...hasta desde el cielo!


- Si no te llegas a apartar a tiempo, te hubiera dejado el cuerpo como la sesera de mi marido; seco. En fin a donde iremos a parar. Esto en mis tiempos no pasaba, no señor, no pasaba.


-Cuanta razón tienes Chochilím. -Le confirmaba esta. La calle comenzaba a llenarse de un espeso manto de sangre pardusca.



El palacio real, era un hervidero.


Un nutrido grupo de soldados armados hasta los dientes y comandados por el visir y el dubitativo secretario de finanzas Alapela, penetraron en los aposentos de la princesa. Los últimos en llegar empujaban por
el derecho a participar también en la investigación.


-¡Sargento, he cerrado las puertas para que ninguna prueba se nos escabulla! -Tremendo lío se formó.


El visir, el secretario de finanzas y el gato de la princesa se hallaron de repente en una difícil situación, al quedar empotrados contra una de las paredes de la estancia. Los dos funcionarios reales
resoplaban buscando aire; el gato se perdió de vista.


Los escudos apretaban, las espadas pinchaban, y de las lanzas mejor ni hablar.


-No veo nada. -murmuraba un guardia.


-Menos veo yo con tu culo en mi cara, mamón. -Contestaba encrespado otro.


-¡No empujar que es peor! -Se lamentaba alguien por el fondo.


-¡Oye no seas cabroncete Agua-Manil y quita el mango de la lanza de ese sitio! ¡Venga que corra el aire! -Los gruñidos y quejas fueron en aumento.


-¡Mi sargento! ¡He encontrado un gato pegado a la pared! ¿Lo recojo como prueba? - Pero como le gusta gritar a este tío. Si ya lo decía su madre. “Con lo bien que gritas hijo mío, tu de mayor serás militar.”


-¡Agg! No me puedo mover. -Logró farfullar débilmente el secretario de finanzas.


-No me lo puedo creer. No me lo puedo creer. -Coreaba una y otra vez un sudoroso visir.


Tanta presión acumulada no podía presagiar nada bueno. Demasiada para poder evitar lo inevitable.


-¡Silencio! -dijo la mandona voz del sargento-. ¿Habéis oído...? ¡Quién ha sido el hijo de mala madre!


Y el horror cobró forma.


Se extendió como las tormentas de verano, breve pero intenso. El fétido olor se encontraba hambriento y ambicionaba víctimas. Pero al igual que las moscas ante la miel, vinieron más pedos. Y esta vez en manada.
Dioses cuan envidiosos eran.


Luego del tenso silencio, llegaron más gritos e insultos.


-¡Por Mahoma! -Empujones y cuellos estirados buscando aire.


-¡Desgraciados! ¡Que sois unos desgraciados! –Gritaba fuera de si el visir.


-¡Por todo lo sagrado! ¡Dejadme salir! –Este era el secretario.


-¡Ha sido el gato! -Repuso alguien oculto entre la marea de cuerpos.


-¡Por las siete doncellas vírgenes, a mi no me mires así Omar! -Le decía este a su amigo, el cual ya tenía la cara amoratada y los ojos inyectados en sangre-. Por lo que mas quieras, créeme compañero, yo no te haría
una cosa de estas. ¡Omar respóndeme! ¡Omar! -El colega caído, comenzó a babosear.


Gritos, blasfemias, quejidos y golpes se sucedían en aquella habitación, otrora deseada en la imaginación de todos los presentes. Los cuerpos se retorcían en posiciones inverosímiles; incluso el visir fue
utilizado como ariete. Allí valía todo.


La tensión a las que fueron sometidas las puertas se hizo insostenible y cedieron vomitando a todos los ocupantes de la estancia. Estos se diseminaron enloquecidos por los pasillos hacia las ventanas en busca de
aire fresco.


-¡Sargento, qué hago con el gato! ¡He conseguido despegarlo de la pared!


-Metértelo por el culo, idiota. -Le contestó este con el dedo corazón apuntando derechito al cielo.



El sultán recibió con ansiedad los informes de su visir, en un pequeño y coquetón salón privado. Este disponía de una soberbia librería, hermosamente tallada con arabescos y llena de pergaminos e informes secretos
debidamente catalogados y ordenados. Varios tapices de Damasco, de enorme
valor, colgaban de las paredes. Y en el centro de la habitación la joya de toda
la estancia, un impresionante escritorio de Ébano lacado en negro, con un particular
secreto. Poseía un pequeño habitáculo en su parte derecha, a modo de celda
agujereada. En el interior de la misma, esperaba confortablemente sentado en un
mullido cojín, un enano a la espera de ordenes.


-Hemos encontrado esta nota mi señor. -Tocám Melá se la entregó.


Con manos temblorosas Abdalá la leyó en voz alta:


“Si estáis leyendo esta nota, ya habréis advertido, como es de suponer, la ausencia de vuestra preciosa hija. Tendréis puesta a Bagdad patas arriba sin encontrar nada, y os estaréis preguntando quién ha sido capaz de llevarse a
Amina delante mismo de vuestro seboso cuerpo y de vuestros estúpidos guardias.
Pues
yo lo he hecho; Ajatamé ben Que Te Dén.


Si sultán de baratija, tengo a vuestro tesoro mas preciado. Me insultasteis al no consentir hacerla mi esposa. Ahora pagaréis por ello gordinflón.


¡Os aseguro que jamás la veréis con vida! Como me estoy riendo, al imaginarme vuestra cara de sapillo retrasada.


“Os saluda con desprecio, Ajatamé Ben Que Te Dén”



Abdalá estrujó el pergamino con sus manazas.


-¡Ese odioso mago! Jamás debí de haberlo admitido en la corte. Reconozco mi torpeza. Me encandiló con sus trucos y malas artes, hasta darme cuenta al fin, de cuales eran sus verdaderas intenciones. -Sentado tras
su escritorio, sus manos se cerraban y abrían impotentes, intentando quizás,
atrapar el alma de Ajatamé.


-Bien mi señor, ese escarabajo del estiércol, que Alá confunda, debe de hallarse a estas horas muy lejos de Bagdad. A buen seguro,
estará utilizando alguno de sus maléficos encantamiento, para navegar
velozmente por el mar africano rumbo a su cubil, en algún lugar de las Montañas
Nubladas. -Mientras esto decía, el visir cruzó los dedos. El solo nombre de
palabras tales como, pociones o encantamientos le ponían nervioso. Hizo una breve
pausa para meditar, y prosiguió de nuevo.


-Debemos de mandar sin tardanza a nuestra flota, situada en Basora, tras él. Esta se encuentra bien equipada y cuenta con buenos marineros. Si me deja dar la orden mi señor, podría llegar a su destino en
quince o veinte días dependiendo del estado de la mar.


-No puedo mandar a mi flota por los mares de media África. -Abdalá II, enorme entre los enormes por la gracia de Alá y protector de los tejedores de turbantes, se
levantó del escritorio y comenzó a caminar por la estancia cabizbajo- En estos momentos, mi buen Tocam-Melá, lo
importante es no crear tensiones ni equívocos innecesarios entre vecinos y
aliados. Además esto debe de llevarse con prudencia y suma discreción.


-¿Pero mi señor? ¿Si no hacéis nada, vuestra hija puede morir? Y es la heredera al sultanado.


-Por ese mismo motivo, no creo que tal cosa suceda querido visir, por ese mismo motivo.


-No comprendo mi señor, a donde quiere ir a parar.


-Verás, se que la vida de mi hija le es muy valiosa para conseguir sus propósitos. ¿No lo veis?


-Perdonad mi torpeza, pero no consigo comprender…


-Es su llave maestra. A cambio de ella, querrá la renuncia por mi parte, al sultanado de Bagdad. No, no hay un peligro inminente para Amina, al menos por el momento. Pero por lo que a hecho, no habrá lugar en esta
tierra donde pueda escapar a mi venganza.


-Sigo sin saber como pensáis solucionar este terrible problema, mi señor.


Se hizo un tenso silencio.


Dando vueltas al escritorio y con las manos tras la espalda Abdalá, intentaba buscar urgentemente soluciones.


-¡Vaya! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? ¡Claro que si! ¡Lo tengo! -Se palmeó la barriga produciendo unos gorgoteos en su interior, y con los ojos muy abiertos se volvió hacia su visir. El turbante se mecía
inquieto en su cabeza.


-Por favor señor os lo ruego, no me tengáis sobre ascuas. Soy viejo y no se si mi pobre corazón podrá resistir semejante tensión.


-¡Está claro, amigo mío! Donde no puede llegar todo un ejército, un solo hombre triunfará.


-¿Cómo dice, mi señor? ¿Quien, como, donde...por que? -Preguntó perplejo y desorientado Tocám.


-Alí...Alí ib Yusúf. -dijo satisfecho por haber recordado el nombre.


-¿El capitán de lanceros que me estoy imaginando? -Como seguía igual de perplejo y desorientado, pues no añado nada más y me ahorro unos cuantos adjetivos.


-Correcto. ¿No lo consideras a caso, como el mejor guerrero de toda Bagdad? -Una amplia sonrisa afloró en su semblante.


-¿El fanfarrón Alí? ¿El mujeriego? -Abdalá no paraba, a cada frase del contrariado Tocám Melá, de golpearse entusiasmado la panza produciendo en esta, no ya un gorgoteo, si no un auténtico rugido de cañerías
desaguando- Pero mi augusto señor, si
ese individuo debe dinero a todo el mundo, puñetas… ¡Si hasta me debe a mí! Además mi señor no tiene modales, va por ahí
meándose en las esquinas y chuleando de lanzar el chorro mas largo que nadie.
¿Por lo que mas queráis, recapacitad señor? -Comenzaba a pensar lleno de
estupor que su sultán desvariaba por momentos.


-Pues no, no recapacito. -La sonrisa se le convirtió en una sonora carcajada-. No recapacito.



Abdalá se dirigió al centro de su escritorio y acercándose a un pequeño saliente atubado, dio una orden.


-¡Traed a mi presencia al capitán Alí ib Yusúf!


La puertecilla del escritorio se abrió con un leve chirrido. Una cabeza curiosa miró de izquierda a derecha. Con cautela el enano, ataviado únicamente con un taparrabos blanco, salió al fin. Este observó un
movimiento furtivo a su espalda y sin pensárselo dos veces comenzó a correr.


Abdalá II, con una mirada traviesa en el rostro, se dispuso a practicar su deporte favorito. Movió su corpachón grácil mente y lanzó una atrevida patada al trasero de su Querubín, pues así gustaba de llamar
a sus enanos.


El reto consistía en acertarle de pleno y lanzarlo a través del hueco de la ventana, situada esta a dos metros del escritorio. Deportes de élite.


El Querubín realizó un hábil requiebro, saliendo victorioso del lance a través de una pequeña portilla, ubicada en una de las puertas del salón.


Abdalá quedó en una difícil situación. Y la cabeza se inclinó.


-¡Por las barbas del Profeta! -Sus brazos se movieron frenéticamente, buscando un asidero que no encontró.


Cayó con un precioso medio giro a lo largo y a lo ancho. Lo curioso del hecho fue escuchar tan solo un ahogado quejidito.


Pobre Tocám Melá, estaría una larga temporada fuera de servicio.



-¡Paso al correo del sultán! ¡Paso al correo del sultán! -Voceaba el eunuco corriendo por los pasillos de palacio. Torció a la derecha, sin derrapar, llegando a una espaciosa estancia repleta de funcionarios
atareados y de criados llevando papeles de un lugar a otro.


Se introdujo bajo una mesa con el mismo dispositivo de celda y recitó el mensaje de su señor, al escribano de turno.


Pronto se pondría en marcha uno de los sistemas de mensajería mas avanzados de su tiempo.








“CAPITÁN ALÍ”




Era noche de luna llena. El cielo de Bagdad se encontraba alfombrado de estrellas.


Los gatos maullaban buscando pareja. Los perros ladraban buscando a los gatos y las zapatillas volaban por los ventanucos de algunas casas.


-¡Malditos gatos! ¡Zape! ¡Toma bribón!


-¿Mohamé, no habrás vuelto a tirar una de tus babuchas a la calle? -Preguntaba contrariada una mujer a su marido.


-Si mujer, pero esta vez le he dado al condenado, je, je.


-Miauu. -Un gato de fondo. Mira, me lo han puesto a huevo.


-¡Atontado! ¡Baja inmediatamente a por ella! ¡Sabes como esos condenados gatos se ríen de ti, meándose en ellas!


-¿Pero porqué me gritas, cielo mío?


-¡Porqué eres tonto Mohamé, por eso!



Perdón, me he distraído de la historia principal. Ya se sabe, Bagdad está tan repleto de vida y bueno, uno sin querer se deja llevar por sus gentes.


Bien por donde íbamos, así. Las estrellas, los gatos, los perros y como no; los amantes.


Verán las noches de esta ciudad son las mas dulces del mundo. Aquí los sentimientos del amor afloran como manantiales cristalinos. ¿Será entonces el cloro del agua el responsable? Los
parques se llenan de arrumacos, caricias y promesas susurradas a media voz. Los
tejados y balconadas son utilizados a esas horas por los más osados, dispuestos
a todo con tal de recibir su premio en forma de tentadora cama.



-Ya he subido la babucha. Anda mujer no te enfades con el pobre Mohamé. Ves aquí la traigo y esos rebeldes no se han meado en ella.


-¡Tú no estas bien de la cabeza! ¡Desde cuando calzas un cincuenta de pie! ¡Esa babucha no es la tuya, chorlito! ¡So memo!... -Así siguió la mujer un buen rato, hasta que al hombre no le quedó más remedio que volver a bajar a la calle.


-Ay cuan desgraciado soy. -Se lamentaba nuestro Mohamé en la oscuridad-. Esta mañana, el camello de un joven desaprensivo me caga en la mano. Los gatos no me dejan dormir y mi mujer me trata como a un borrico.



En la ventana de una vistosa casa, colgaba una cuerda trenzada de tela. Por ella trepaba al amparo de la noche, Alí ib Yusúf. Al final del recorrido esperaba impaciente el fruto de su deseo.


Se encaramó sobre el alfeizar de la ventana y con un ágil movimiento se introdujo por ella.


En la estancia, débilmente iluminada por un candil, se encontraba recostada en un amplio lecho la exuberante, Surimei. El reflejo bailarín de la llama se filtraba por los recovecos del transparente camisón de
seda, dejando entrever un cuerpo de proporciones bíblicas. Esta era la esposa del rico comerciante en
especias, Hassín Me Jiñé.


Y yo, aquí escribiendo tontamente sin comerme un torrao, para mayor gloria de los descerebrados metanos; vaya una mierda.


-Aquí estoy, bella gacela. -Se expresó este, zalamero.


-Me ruborizas con tu presencia, Alí. -Los ojos de ella, se encontraban sutilmente entornados.


Él, como siempre que acudía a una cita amorosa, cuidaba con esmero su imagen. - Turbante de seda negro, bien. Barba fina y milimetrada, bien. Dientes súper blancos, bien. Chaquetilla negra adamascada y pantalones a
juego chachi piruli.Botas de fieltro de piel de camello, guachi, guachi. –
bueno, creérselo como veis, se lo cree un rato. El destino le había deparado un
cuerpazo y él pues a disfrutarlo. –Soy lomás, soy lomás. – se decía a si mismo,
pues no le hacía falta abuela.



Desde el otro extremo de la ciudad, una catapulta se preparaba desde lo alto de una torre de palacio.


Se hicieron complicados cálculos de longitud y de latitud. Luego se razonaron los parámetros obtenidos. Se orientó el artefacto y con mucha mala leche se lanzó un mensaje.



Frente a la ventana Alí, contemplaba el sinuoso cuerpo de Surimei, impregnado con aromas de Azahar. Dio un paso felino y el suelo de madera, crujió con un débil sonido.


-Oh, mi hermoso oficial de lanceros. -Susurraba la mujer, tapándose delicadamente el rostro.


Del exterior un silbido acercándose, dio paso a un “plof”.


La piedra con mensaje incluido, impactó sobre la cabeza de Alí. El turbante le amortiguó el golpe, pero no lo suficiente como para evitarle un mareo. –Huachi. – exclamó. Bueno yo no tengo la culpa de que se
queje así.


Su cuerpo perdió el equilibrio cayendo hacia atrás por la ventana. Se golpeó dolorosamente, al dar de pleno con el tronco que servía de amarradero a su caballo.


En medio de sus piernas, el cacho madera de las narices, demostró su dureza.


Ni tan siquiera gritó. Se quedó allí, agarrado con una extraña mueca en su cara. Un lametón de su caballo lo hizo girar sobre si mismo. Y sin poder despegarse, quedó igual
que un jabalí cuando es transportado por sus cazadores.



-¿Alí cariño? ¿Estás jugando al escondite con migo? -La voz de Surimei desde el lecho, sonaba entusiasmada por la inventiva de su oficial.



Media hora mas tarde fue encontrado en la misma posición, por un grupo de soldados salidos en su busca.


-¿Es este? -Preguntó divertido un guardia.


-Si, este es. -Le respondió el oficial al mando, cuando comprobó su rostro.


Un reducido grupo de curiosos se sintió atraído por la escena.


-Mala cosa el ser militar en estos tiempos Zaam-Pabollos.


-Ya veo. Si tratan así al gran Alí, que burradas no hagan con los demás.


-Ahuecando el ala de aquí, chusma. –Les ordenó de mala manera el jefe de la patrulla.


-¡No se despega sargento! –Comprobó con disgusto uno de los soldados.


-¡Que no me grites en la oreja, sopla poyas! –Ahora si que el sargento estaba realmente cabreado. –Que sepas que no te voy a perder de vista soldado. Desde lo del gato en las habitaciones de la princesa, ya no te
paso ni una.


-¡A la orden mi sargento!


-¡Me ha vuelto a gritar! ¡No me sujetéis! ¡Yo lo mato, lo mato! –A duras, penas el resto de la patrulla pudo contener a su jefe mientras el otro, seguía firmes como si la cosa no fuera con él.


-¡La gente decente quiere dormir, imbéciles! -Por muchas ventanas la indignación con los soldados ante semejante escándalo, tomo forma de zapatillas voladoras.



-¿Alii? ¿Te encontaree? Oh hermoso mío como sabes hacerte el deseado. ¿Alii? –Surimei a gatas al igual que un lince, buscaba a su suspirado capitán, emitiendo sonidos roncos
con su delicada boca. Menudo manjar se estaba perdiendo el pobre.



Mientras tanto, entre tanta bronca, los soldados optaron por llevarse rápidamente todo el conjunto a palacio. Era patético ver durante la marcha por entre las callejuelas, como el mejor guerrero del reino se mecía
en el tronco, como un vulgar marrano dispuesto para la matanza.



-¿Alí, ya me estoy cansando de este jueguecito? Quiero que salgas ya. –Hay, una mujer no debería fiarse nunca de la soldadesca



Una espléndida terma de estilo romano, se hallaba en una de las tantas habitaciones del palacio. Columnas de rosado mármol travertino rodeaban la piscina en cuyo fondo un mosaico de grandes proporciones con vivos
colores, representaba varias escenas lúdico festivas subidas de tono.


En el agua y queriendo emular al mosaico Abdalá II, gran tocador de senos entre los grandes, chapoteaba junto a un selecto grupo de doncellas desnudas.


-¿Para quién es esta fresita?- decía él, intentando que su cabeza no se le fuera demasiado de madre.


-Para mí. -decía, una encantadora joven de brillante piel de ébano. –Jijijá, jijijá.- reían todos.


-Huy, se me ha caído al fondo, la fresita. – vale es una tontada, pero por algo es el sultán, gran salido entre los salidos.


-Yo la cojo, yo la cojo. – la rubia anacarada, con dos pechos como dos rosales juntos, ya se zambullía dejando en las retinas de Abdlá las hermosas curvas de un armonioso culín.



¡Correo para el sultán! ¡Correo para el sultán! –Gritaba trotando por el pasillo de acceso a la terma de palacio, otro gracioso Querubín; este llevaba puesto en su cabeza una preciosa y rizada peluca blanca, dándole
un aire cómico.


-A la piscina con él. – dijo una de las doncellas deseando mejorar los juegos.- y ya se vio al pobre enanito rodeado por manos pechos y culos. –Jijijá, jijijá. –reían todos
menos él, que ante tanta soba y cuerpos en primer plano se quedó mudito.


-Huyy, esa no es la fresita, bella hurí. ¡Aggg!- que bien se lo pasa este Abdlá. El enano mientras tanto se había perdido entre tanta excitación.



-Bien mis adorables doncellas, terminaron por hoy mis momentos de asueto. Los quehaceres fatigosos deben continuar. Os doy de corazón las gracias, por haberme hecho olvidar por un breve tiempo, los amargos sinsabores
de la realidad.- colocáronle en silencio las ricas vestiduras y solemnemente el
sultán salió de la estancia.


Una vez cerrada la puerta del pequeño paraíso, volvieron a sonar las risas en su interior. – ¿Donde estas enanito?- Jijijá, jijijá. –con un suspiro Abdalá II se alejó.



CONTINUARÁ SI OS PLACE A VOSOTROS, CLARO ESTÁ.





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Comentario por max el abril 10, 2010 a las 11:17pm
No había leído describir unas marranada con tanta clase, pobre mendigo y que cochino el camello , pero claro se entiende con lo apuradamente viril que iba, y esos pedos breves pero intensos como las tormentas de verano XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
Muy buen narrador, y queda bien eso de que te dejes llevar por alguna situación pintoresca de Bagdad para contárnosla.
¿Para cuándo la siguiente?
Te dejo un par de enlaces por si te aburres, no escribo con tanta picardía pero… XDD

http://eternocrepuscular.blogspot.com/2009/01/la-dama-de-la-alondra...
http://destinouno.blogspot.com/

Pd: por tu avatar pensé que te gustaban los gatos XDD
Comentario por Eridú el marzo 23, 2010 a las 9:20pm
Joder Ramón, por fin sales de la hinbernación (no se si lo e escrito bien). Entre ágape y fiestorros tipo Baco as encontrado un momento para decir que aquí sigues.
Aún estoy esperando que la luminaria que tienes por cerebro(mejor que el mío,de aquí a Roma) nos deje algo de esos tesoros que atesoras, como cual botín de piratas.
Dijiste que me ibas a dar ideas, en la historieta esta que escribo... a que esperas a los Idus de Marzo, cachoperro?

Un gran saludo mi buen amigo. Me alegra especialmente, que a ti te guste lo escrito.
Entre juerga y aprendizaje, escribe algo por estos lares o en el blog...cariñín. No dejarás indiferente a nadie y lo sabes.
Saludos buen hereje.
Comentario por Ramon Martinez astillo el marzo 23, 2010 a las 2:51pm
Por fin el grande entre los grandes publico su historia, que ala te siga iluminando y nos sigas haciendo reir a todos, que falta nos hace en estos tiempos oscuros. Un ósculo en las nalgas como de costumbre
Comentario por Eridú el marzo 3, 2010 a las 7:07pm
Gracias amigo Eduard por tu simpático comentario. Lo mismo amplio el texto.
Una sonrisa es un mundo para explorar.
Comentario por eduard sanchez chaparro el febrero 22, 2010 a las 1:58pm
Muy buenos relatos Eridu,yo tambien me deje llevar por lo efluvios de las mil y una noches,pero ahora todavia estoy un poco e estado de shock por lo qu me paso el sabado,gracias por ser buena persona,te comentoque si vas a asistir a la conferencia del 2012que sera en barna,yo seguro qu asistire.....dime algo
Comentario por Eridú el febrero 21, 2010 a las 10:39pm
Jota, tanto ja tuyo... me pone.
De buen humor aclaro. Jajaja.

Saludos cariño de mis entretelas.
Comentario por Eridú el febrero 19, 2010 a las 1:00am
Gracias Jomoga, por tu comentario.
Si te a gustado ya e conseguido algo.

Saludos buen amigo.
Comentario por Jomoga el febrero 18, 2010 a las 11:25pm
Gracias Eridú por deleitarnos con este fascinante relato que está impregnado de una sutil ironia. Te felicito hereje...
Un cordial saludo hermano.
Jomoga
Comentario por drmatrix el febrero 18, 2010 a las 8:08pm
claro, demuestras gran cultura y estilo siempre que escribes. y siempre das muy buena información. es bueno contar con gente como tú
Comentario por Eridú el febrero 18, 2010 a las 9:11am
Gracias LCC. Viniendo de ti, es todo un cumplido.

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