¿Convergencia?

La convergencia en el seno de la UE se ha convertido en una larga marcha hacia altas tasas de desempleo crónico, pobreza, polarización social y
estancamiento. Un conglomerado variopinto de estados no soberanos sin
otra alternativa que la de adaptarse a la camisa de fuerza neoliberal
mercantilista según la hoja de ruta trazada por las grandes
corporaciones multinacionales.

La crisis ha forzado una notable aceleración de esta perversa "convergencia". Salvatajes financieros y
estímulos públicos se han ido traduciendo en cifras crecientes de
endeudamiento en los mercados financieros que pronto pasarán factura.
El ECOFIN ya apunta que España deberá reformar los sistemas de pensiones y de sanidad pública "para
disminuir el déficit anual un 1,5 puntos porcentuales del PIB,
adoptando las reformas destinadas a mejorar la calidad de las finanzas
públicas mediante la eficiencia y la efectividad del gasto público
",
obligándola a cumplir el pacto de estabilidad en 2013 (déficit máximo
del 3%) . Se trata simplemente de privatizar el sector público y
saquear el sistema de pensiones, ampliando el campo de depredación de
las multinacionales y el capitalismo financiero.

Estamos entrando en un segundo estadio de la gran depresión. Tras el primer
embate de la crisis financiera los rescates e intervenciones han
desequilibrado presupuestos y retro propulsado el endeudamiento público
a niveles estratosféricos. Hace un año hubiera parecido inconcebible
que España, Irlanda, Austria, Portugal, Grecia, por no decir los
recientes socios de la UE al completo, pudieran incurrir en la
posibilidad de una suspensión de pagos. Pero la crisis ha convertido lo
increíble en una escalofriante realidad a la vuelta de la esquina. La
dantesca situación de Islandia, Irlanda, Latvia, Rumanía, Hungría, Grecia, ... y España, no es una ficción.

En la primavera de 2009 le FMI (con fondos frescos de la ampliación de
contribuciones) evitó la bancarrota a Hungría, Bielorusia, Ucrania,
Latvia, Servia, Rumanía y Polonia. Ninguno de estos países pertenece a
la Eurozona, pero Latvia estaba muy próxima a la integración. A cambio se impusieron drásticos ajustes.

La posibilidad de una suspensión de pagos en cadena empieza a tomar cuerpo a medida que los inversores empiezan a desconfiar . Crecen las dudas de que incluso grandes economías como España o
Italia puedan devolver nunca las ingentes cantidades de endeudamiento
en que están incurriendo.

Los mercados de capitales están penalizando a los PIGS (los cerdos que se atrevieron a volar tan solo hace unos meses: Portugal, Italia/Irlanda, Grecia, Spain) y países del Este, con fuertes diferenciales de coste financiero
con respecto a los países del centro, con economías más grandes, más
resistentes y/o menos tocadas por la crisis.

Cuando un país se tambalea, los mercados ponen precio al riesgo de posible suspensión de pagos mediante veredictos de las agencias de rating (quitando "A"s o cambiando "+"s por "-"s en la etiqueta de "riesgo país") y aumentando el precio de los CDS (credit default swaps) que aseguran los títulos de deuda emitidos por
el país. Y entre tanto se va conformando un enjambre carroñero de
especuladores que apuestan por la quiebra del estado en cuestión.

La UE, una unión económica sin prestamista de última instancia.

La UE no es una federación como son los EEUU o Canadá donde el estado federal puede canalizar fondos federales para ayudar a un estado
confederado o una provincia en apuros o garantizar su deuda. La UE es
una zona de librecambio como la que vincula México con su vecino
yanqui. No existe una estructura presupuestaria federal.

En EEUU el presupuesto federal puede cubrir los déficits en los que incurran
los estados miembros. En el caso de la UE el Banco Central Europeo
tiene prohibido tomar a su cargo la deuda de los estados miembros.

El estado federal norteamericano gestiona un presupuesto equivalente al
20% del PIB. En cambio los fondos disponibles por la UE no alcanzan ni
al 1% del PIB conjunto de la unión.

Ni en la Unión Europa ni en la Eurozona existe un prestamista de última instancia que cubra las
espaldas de sus miembros. Cada estado miembro con necesidad de
financiación de su deuda debe buscarse la vida en los mercados
financieros internacionales. Cabe la posibilidad de una suspensión de
pagos y es una posibilidad que cada día que pasa es más plausible.




La vulnerabilidad es diversa. Austria y Bélgica hiperdimesionaron sus sistemas bancarios para embarcarse en préstamos subprime en los países
del Este y Centro de Europa. Irlanda y Grecia hicieron algo parecido
con el añadido de una orgía inmobiliaria a la española. En muchos casos
las apuestas ya están lanzadas.

Así pues, las economías del euro dependen exclusivamente de ellas mismas para salir del marasmo.
Todo el peso de la depresión deberá soportarlo, más pronto o más tarde,
cada miembro por si solo, recortando el gasto y vendiendo activos
públicos al sector privado al son que toque el FMI, y los acordes de la
melodía no variarán demasiado de los que acompañaron la pauperación
relámpago de Argentina a principios de esta década.

De la etapa del miedo a la etapa de las multinacionales

El proceso de integración europea ha tenido dos etapas bien diferenciadas.

1. Una primera etapa keynesiana que tuvo un carácter más solidario y social que la actual y que duraría hasta la crisis de 1974.

La amenaza comunista tras los desastres de la 2ª G.M. propició el Plan Marshall y la fundación de una organización centralizada para
administrar y canalizar la ayuda. La OEEC (Organisation for
European Economic Cooperation) se constituyó en el año 1948 y ayudó a
liberalizar el comercio entre los estados miembros coadyuvando acuerdos
monetarios y cooperación económica entre ellos. Esta primera
experiencia de colaboración sentaría las bases para la creación de un
Mercado Común a 6.

El Tratado de París de 1951 y los Tratados de Roma (1957) establecieron una unión aduanera entre 6 estados. En el
siglo XIX, tanto en el caso de la unificación alemana como en el de la
italiana, la unión aduanera había precedido a la inmediata unión
política. Parecía pues que se despejaba el camino hacia unos Estados
Unidos de Europa. Sin embargo los intereses de los grandes
conglomerados empresariales optaron por una unión económica al margen
de la aspiración democrática de una unión política. Un mercado común
(siempre ampliable) bastaba y sobraba y permitía mantener divididas las
instancias políticas y democráticas que pudieran interponerse a la
senda marcada por las multinacionales cada vez más concentradas y
poderosas.

A diferencia de las uniones "nacionales" del siglo XIX, no se trataba en este caso de un pacto "nacional" entre el capital
y el conjunto de la población para competir con otras naciones. La UE
avanzaba por y para beneficio exclusivo de las multinacionales hacia un
mercado cartelizado por grandes oligopolios y entidades bancarias.

2. La segunda etapa se ignició tras la crisis de los años 70 y acusó el
diferencial impuesto por la rápida destrucción del New Deal
norteamericano en comparación con las dificultades que presentaba su
desmantelamiento en el viejo mundo. En EEUU la lejanía con respecto al
bloque soviético y la débil tradición organizativa de su clase obrera,
implicaron una notable ventaja comparativa en la implantación del
calendario neoliberal.

El ataque al estado del bienestar en Europa, país a país, encontraba fuertes resistencias a los intereses de
la gran patronal. La vía de ataque sería el sofisticado asalto a partir
del entramado institucional de la integración. La resistencia europea
la escalada neoliberal requería una acción coordinada y a escala
supranacional.

De la retórica sobre la "convergencia" en renta per cápita, en integración regional, en crecimiento equilibrado, ... se
pasó a la acción coordinada de las instituciones europeas para imponer
la hoja de ruta neoliberal en el conjunto de la unión. Se pasó de una
cooperación hacia la convergencia a una verdadera conspiración para la
divergencia social, económica y espacial (Europa a dos, a tres, a
cuatro velocidades). Las instituciones europeas se convertirían en los
apóstoles del decálogo neoliberal: desreglamentación, privatización,
flexibilización, subcontratación, temporalidad, movilidad, ... (la
estimulante inseguridad), rentabilidad frente al servicio público,
supeditación de la educación a la empresa, grandes superficies...

La eficacia de esta estrategia sacaba partido del localismo de las
conquistas sociales arrancadas y consolidadas a nivel nacional. El Acta Única Europea de 1987 que entraría en vigor el 1-1-1993 con la constitución del Mercado Único
de mercancías, capitales y personas, representaría la consolidación de
la nueva etapa: Dumping reglamentario en orden a poner en competencia
las reglamentaciones nacionales (sociales, medioambientales, fiscales)
a la hora de atraer inversiones de las multinacionales que lógicamente
muestran una especial preferencia a ubicarse en las zonas menos
reglamentadas. Una verdadera carga de profundidad contra el estado del
bienestar europeo que experimentaría a partir de ahora una verdadera
desbandada desreguladora.

De la serpiente monetaria al euro

Frente a la libre flotación de las monedas tras la crisis del SMI de Bretton Woods, la CEE intentó aislarse a base de compromisos de estabilidad
cambiaria entre los miembros (serpientes monetarias). Estos
compromisos acabaron madurando con la creación de la zona euro. Los
países renunciaban a su moneda, a su política monetaria y a su política
de tipos de cambio, para adoptar una moneda común sin avanzar un ápice
en el terreno de la unión política.

Caso único en la historia. Un elemento clave de la soberanía nacional, la dirección de la política
monetaria, se dejaba a cargo de una estructura burocrática
supranacional al servicio de las multinacionales (lobbys) y al margen
de cualquier control democrático de los administrados.

Crisis de sobreproducción y la última ampliación

La concentración del capital generó una creciente polarización de la riqueza y una estructura productiva irracional que se tradujo pronto en
sobrecapacidad en la mayoría de los sectores productivos controlados
por los oligopolios multinacionales. Demasiado acero, demasiados
vehículos, demasiada leche, ... A partir de los 70 la delicada
situación de la economía real precisó de una incubadora financiera cada
vez más potente y sofisticada para mantenerla a flote.



La sobreproducción es mala para los beneficios así que los monopolios impusieron drásticas reducciones de costes laborales, apropiación de
empresas y servicios públicos, desmontaje del estado del bienestar,...
por un lado y malabarismos financieros para mantener la demanda, por
otro.

Un paliativo a la sobreproducción fueron las sucesivas ampliaciones del marco integrador a medida que las multinacionales
exigían mayores mercados y condiciones más laxas para operar. La
senda hacia una Europa a varias velocidades se iba consolidando.

La caída de la Unión Soviética representó una oportunidad única para
adelantar en la hoja de ruta ya descaradamente neoliberal. La nueva
ampliación implicó un aumento de un 20% de la población aunque sólo un
aumento del 5% en el PIB de la Unión. A los nuevos miembros se les
prometió el dorado del capitalismo pero en realidad eran sus propias
economías las que constituirían "el dorado" para las multinacionales.

La conquista del Este significó la ampliación del área de mercado,
destrucción o colonización de sectores enteros de la economía, burbujas
especulativas, saqueo, expropiación, privatización y reconversión de
algunos de estos países en las maquilladoras de Europea. Buena parte
del combustible para la orgía inmobiliaria española provenía de los
despojos de las economías del este. Además, la ampliación ponía en
manos de las corporaciones el arma definitiva para acabar con el estado
social del bienestar europeo. Deslocalización, inmigración laboral y
dumping social y medioambiental para socavar las conquistas sociales en
los países de la antigua unión.

La zona euro y el riesgo soberano

La unión monetaria debería haber sido el resultado predecible de una unión económica y política. El euro proporciona estabilidad y facilita los
intercambios. Pero la compleja instauración de la moneda única obedeció
fundamentalmente a los intereses neoliberales de las grandes
corporaciones.

El tratado de Maastricht se constituyó en el instrumento disuasorio del uso democrático de la válvula del gasto
público. El margen de maniobra democrática de los países miembros ha
quedado reducido a una política de gasto público limitada por el Pacto
de Estabilidad, y una política fiscal estrictamente limitada por el
tratado (déficit máximo 3% del PIB y endeudamiento total inferior al
60% del PIB).

La crisis económica ha puesto en evidencia el carácter asocial e insolidario de toda esta maquinaria neoliberal. El
recurso a la devaluación hacía que la posibilidad de quiebra fuera
mucho más remota. Ahora cada miembro de la UE en apuros deberá
autoimponerse una estricta dieta deflacionaria.

Dos varas de medir

Los países recientemente incorporados al mercado común europeo están sufriendo las consecuencias de la crisis con mayor violencia. La
condición sine qua non para la incorporación fue su necesaria
preparación (criterios Maastricht) para ingresar en la zona euro
condiciones que dejaron completamente abiertas y desprotegidas sus
economías frente a las avenidas especulativas de todo orden.

Fuertes caídas del PIB junto a desmesurados niveles de endeudamiento en euros
que han resultado incobrables, han conducido a una situación crítica.
El FMI ya ha intervenido en Latvia (PIB - 18% en 2009)y Hungría (-4%)
para salvar la alta exposición de la banca austríaca e italiana,
propietarias de toda la banca de dichos países. En contrapartida ha
impuesto durísimas medidas deflacionarias en contra de la población. A
pesar de todo, la situación es tan crítica que podrían convertirse en
estados fallidos en 2010 (la deuda total acumulada de Latvia supera ya
el 60% del PIB y la de Hungría ronda el 70%)

Los pequeños países del Este están sirviendo de conejillos de indias para observar
las consecuencias de la imposición de "medidas correctoras"
deflacionarias drásticas, antes de comenzar a imponerlas en las grandes
economías del Occidente y el sur de Europa cuyos índices económicos
están en situación mucho peor. El primer candidato, nadie lo dude, es España.

El fantasma de las suspensiones de pagos en cadena

La suspensión de pagos de un país del eslabón de cola (Rumanía, Irlanda, Grecia, ... ) podría generar un efecto dominó que amenazaría economías
como la española o la italiana, lo cual haría saltar el euro por los
aires.

Por otro lado, una quiebra en cadena de la periferia europea significaría una reducción de la demanda que implicaría el
colapso y la implosión de la caldera exportadora alemana.

Dada la inexistencia de un presupuesto suficiente de la unión, la única
manera de circunvalar esta situación sería que los gobiernos de la
eurozona emitieran bonos en euros colectivamente en lugar de hacerlo
como hasta ahora de forma individual. Ello anularía los diferenciales
en tipos de interés que graban la deuda de los países con más problemas
(el riesgo se diluiría entre todos los países de la eurozona y
reduciría el nerviosismo de los inversores al desaparecer la
posibilidad de una quiebra de estados soberanos en cadena). Se
trataría, ni más ni menos, que de abandonar la hoja de ruta neoliberal
impuesta por Maastricht por una senda más solidaria.

La fusión completa del tinglado europeo no interesa a los oligopolios pero sólo
la mobilización social en favor de una integración social y democrática
podrá evitar que este renqueante engendro de integración neoliberal
siga perjudicando el bienestar y el futuro de la mayoría de la
ciudadanía europea.

La emisión de deuda conjunta sería un primer paso en una nueva senda de integración más solidaria y democrática que
la que impuesta hasta ahora por los lobbyes multinacionales.

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