Capítulo 32 de Niños a la deriva
Por 50 euros se cura un cáncer y te regalan dos poemas
· Tumor linfático
OXIGENO 30 CH
ARSENICUM IODATUM 200 CH
LACHESIS 200 CH
No te enfrentes, tú sola Atenea
a las tinieblas, desnuda, sin armas.
Para herirte los demonios de la noche
han inventado mil rostros diferentes,
te acechan y esperan el momento
de tu descanso para acorralarte,
buscan tu silencio cortante,
pero temen, y con razón, tu palabra.
No les gusta tu voz, y mucho menos
los poemas que se desprenden
de tus letras, de tus sueños, de tus ojos
porque saben que una lágrima tuya
puede llenar de luz la noche y obligarles
a retirarse a las tinieblas profunda del Averno
de donde no deberían haber salido.
Debes armarte para afrontar la noche,
no tener miedo de ella.
No te encierres, abre la ventana
y aspira la luz de las estrellas;
sus ondas electromagnéticas son
portadoras de millones de besos
que buscan con su dulzura
protegerte de la Hidra.
El reflejo acerado en la ventana abierta,
el libro presente en tu estante favorito
junto a tu cama de madera dulce,
la luz que se funde con la tinta vertida
delicadamente de tus dedos y del aliento
de la voz que surge de tu alma,
te arman para que la noche
deje de ser oscura, amenazante y angustiosa.
Tarea fácil para ti Atenea.
del “Manual de la Soledad”
Leo P. Hermes
Se miró en el espejo. Su aspecto le pareció por primera vez horrible: Unos ojos muy abiertos y saltones, la cara exenta de musculatura que no permitía la sonrisa, la palidez era cadavérica y el miedo como único gesto, el pelo largo, negro y lacio cubría parte del rostro oscureciéndolo. Con cincuenta años, considerándose en posesión de una profesión envidiable -profesora de periodismo-, con una aversión militante hacia los hombres, pero sin interés por la reconstrucción del himen, no sabía lo que quería aunque quizá no quería ya nada.
No le atraían las dietas adelgazantes, ni la cirugía para rellenar los huecos adyacentes a sus pómulos de estética silicona. No quería –legítimamente- ser explotada como un gusano de seda; odiaba la sucia medicina que controlaba a su vecina que iba a la consulta después de haber visitado al médico que concienzuda y hábilmente le sacaba la pasta.
No quería ser como la vecina que dudaba entre sentarse a esperar o correr con el trapo de aquí para allá. En su costado izquierdo crecía desmesuradamente como su humor matinal, un amasijo de tejido endurecido, anclado a las vísceras abdominales. Debía tomar una decisión. No podía creer que el único pronóstico admisible fuera el del total desahucio. No estaba dispuesta a esperar el fatal final.
Recurrió a “otros médicos”. Precisamente a aquellos que ella misma había menospreciado porque una diosa como Atenea merecía ser atendida por los mejores oncólogos. Sólo su desesperación le obligó a doblar la rodilla y admitir que en los palacios de la Seguridad Social no es oro todo lo que reluce mientras que fuera de la esfera oficial existen otros universos y otras Universidades de la Miseria.
Otras mujeres más generosas con los hombres, capaces de amar y comprender el sufrimiento se conjuraron contra el tumor y ante la sorpresa de oncólogos, familiares y médicos diversos en quince días los análisis oficiales –que son los que oficialmente la dieron por curada- resultaron negativos en todos los campos en que se buscaban rastros –marcadores- cancerosos.
Desgraciadamente esa experiencia no le ha hecho reflexionar a esa Atenea sobre el hecho de haber echado a patadas de casa a su única hija.
UNA MUJER INCOMODA (II)
Es apasionante imaginar
como avanzas unos pasos
y te detienes al ver a los periodistas;
durante un instante pareces
estar a punto de darte la vuelta
y comenzar a correr
en dirección a la salida.
Es una auténtica pesadilla.
Puedo imaginarte incluso
corriendo a refugiarte en tu isla
o dirigiéndote directamente
al puerto y montándote allí
en la barca de mayor velamen.
Cada vez te resulta más difícil
pasar desapercibida.
Tú la gran Maestra de la Palabra,
tú que les enseñaste a ser incisivos
en sus entrevistas; y, osados locutores
nunca sospechaste que algún día
serían tus verdugos.
Deja de sufrir por la muerte
de tu hermana adoptiva
demuestra tu inteligencia
anteponiendo a tu nombre
el placer con la dignidad
de una diosa como hizo
Atenea al nombrarse Palas.
No empuñes las armas con tus manos,
acto propio de hombres desalmados
usa la delicadeza de tus dedos
para el placer y los poemas,
escribe tus propios versos,
cuenta tus historias como Herodoto
En Grecia fuiste Palas Atenea,
en Roma Minerva,
eso estuvo bien, te dio satisfacción
rodearte de dioses y te pareció
obtener lo que ambicionaste.
Ahora es tiempo de amar
y ser amada;
también de perdonar.
Elisa R. Bach
© 2013 Creado por drmatrix.
¡Necesitas ser un miembro de Contraperiodismo Mátrix para añadir comentarios!
Participar en Contraperiodismo Mátrix